lunes 11 de enero de 2010

La experiencia tardía con el sabor navideño

Galletas de Jengibre un poco tarde
La navidad quedó congelada, en la heladera...

Una masa de galletas de jengibre esperaba desafiante cada vez que abría la heladera de mi casa y pedía ser horneada. Día tras día llegaba cansada de trabajar, y volvía a cerrar la puerta sin sacarla del congelador. Hasta que tuvo que llegar enero y el día 3 llegó el momento de trabajar esa masa.
La preparación en sí fue sencilla, harina, especias y otras cosas fueron amasadas y la masa final fue colocada en el congelador en espera, el momento de cortar las formas fue lo complicado.
 
Buscando en la bolsa de moldes, no encontré ninguno con figuras humanas, ositos, botitas, pinitos, corazones, pero no tenía uno que asemeje a la silueta, y tener masa de galletas de jengibre sin hombrecitos de jengibre, no era concebible. Consigo un molde de papel descargado de la página web que tenía la receta, coloco mi masa sobre el mesón y simplemente se pegó, así es, era la masa más pegajosa de galletas con la que alguna vez había trabajado."Añada harina", decían las instrucciones, pero no era suficiente, pizcas y pizcas y seguía más llena de masa, hasta que logré dar la consistencia adecuada para poder estirar la masa entre 2 hojas de papel encerado y congelarla 10 minutos para luego cortar.

Hornear 15 minutos y luego decorar. Fue la primera vez que preparé un glasé real con claras y limón, un poco de colorante y a decorar galleta por galleta. Con lo paciente que soy, fue todo un desafío mantener la misma intensidad de flujo de glasé en cada una de las galletitas, decorar pino por pino, con verde, pompas rojas y borde blanco, fue todo un desafío. El toque final fueron esas 3 pobres figuras de hombrecitos de jengibre que quedaron graciosos.

Luego de una semana de espera, las galletas estuvieron finalmente concluidas, reposaron congeladas por 7 días esperando a ser horneadas y degustadas.
Agarré una y la llevé a mi boca, dulces, llenas de sabor, y con un toque picante al final que no podía explicar, luego de comerme unas 4, comprendí que al congelar especias como el jengibre y la pimienta intensifican sus sabores (como el comer comida recalentada, sólo que 10 veces más intenso), pese a eso, no me sentí decepcionada, más bien, desafiada a repetir la receta tantas veces sea necesario. Lo bueno es que quedan 11 meses más para Navidad y creo poder perfeccionar la receta.

sábado 2 de enero de 2010

UN BUEN INICIO DE AÑO

Un escape a San Xavier iniciando el año

Ha sido un largo tiempo sin escribir, el cambio de estilo de vida del último mes me dejo prácticamente sin tiempo, a lo mucho, para dormir un par de horas antes de volver al trabajo. Apasiona, pero agota. Día tras día algo nuevo que conocer, y cuando llevas 16 horas sin parar de trabajar te das cuenta que sólo te dedicas a dormir en tu tiempo libre, a tal punto, que la masa de unas galletas de jengibre siguen esperando en el congelador a ser horneada uno de estos días.

Por eso, el escape del día de hoy de la agitada ciudad y rutina fue necesario. No hay nada mejor que viajar por alguna ruta, en tu propio auto y parar cuantas veces quieras, y por supuesto, con una selecta mezcla en el reproductor de música que te lleva a musicalizar lo que ves en el camino.

Luego de 3 horas, llegué a San Xavier, misión jesuítica de oriente que queda como muestra clara de la majestuosidad de la época en que fue construida, no importa cuantas veces haya visitado el mismo lugar, los mismos altares, las mismas imágenes del catolicismo, cada vez la energía es nueva y sorprende.


La hora del almuerzo fue la cúspide del día, sin desayunar más que unas cuantas papas fritas (de esas de grandes corporaciones) esperaba con ansias algo de comida real, por lo cual a ciegas ordené Surubí. Un pez sin escamas ni espinas, de carne blanca y piel gruesa, ni pregunté si era frito, rebosado, dorado o en caldo, simplemente la idea del pescado se apoderó de mi cabeza. Además se me ocurrió compartir una sopa de maní con mi hermana, lo cual fue una buena idea, ya que mi plato principal fue uno de los últimos en llegar.
Puedo definir a la sopa como una sopa de verdad, sin medirse en el contenido graso de la misma o los carbohidratos, como esas sopas que hacían las abuelas o las madres, antes de pensar en lo dañino del colesterol o la sal, definitivamente sabrosa y con papas fritas delgadas hechas en casa, nada de esas de bolsita que compramos en los supermercados.


Luego llegó el plato principal, puedo asegurar, que no había comido el surubí tan perfectamente rebosado antes, siempre hay eso de pedir surubí frito o rebosado, pero nunca había mordido uno y escuchar como cruje dentro de la boca al morder. El plato, era bastante grande, a tal punto que cuando lo ví, pensé que no podría terminarlo. Acompañado de papas fritas, arroz, limón y una ensalada a la que apenas presté atención, me dediqué por completo a exprimir esos limones sobre el pescado y comer sin pena. Mientras que el resto de 20 personas seguía comiendo (viaje familiar, por eso tantos presentes) yo ya estaba sin respiro dando el último bocado de un plato que no quería que termine. Condimentado tan ligeramente, podría decir que salpimientado solamente, el sabor de la carne fresca del pescado se notaba en cada bocado que llevaba a la boca.


No me averguenzo de mostrar la siguente imagen, es un orgullo haber terminado el plato sin ayuda. Ni siquiera dejé los limones. no entendí por que colocaron pedazos de pan en el plato, no era necesario, simplemente los ignoré y me dediqué por completo al resto.

Muchas veces, los sabores de la comida son más reales al ser más criollos, y al dejar de preocuparse por si será rico o quedarse en lo conocido, este año, tengo como resolución, el experimentar cada día y dejarme sorprender por la infinidad de experiencias e historias que guarda cada comida.

lunes 23 de noviembre de 2009

Una corrida a Cochabamba

La comida callejera en la llajta


Me he pasado un tiempo alejada del blog, puede ser por el cambio de trabajo, puede ser porque no he probado comidas nuevas si no las preparo yo, pero los beneficios de no tener los días planeados dentro de una rutina laboral dan frutos.
Una llamada al medio día preguntando si tenia planes para la noche fue suficiente para aceptar un vuelo express a probar el nuevo avión de Aerosur y dormir unas horas en Cochabamba junto con un equipo de prensa del medio donde trabajo. Arrivé a las 10 de la noche y hasta instalarnos en el hotel, se hicieron casi las 11, por lo cual, como saben, Cochabamba es una ciudad que se acuesta temprano y al igual sus lugares donde comer un martes. Sin mira alguna de poder comer un silpancho, caminé por la zona central hasta encontrarme en la esquina de las oficinas de correos con unos puestos callejeros.



Con una diversidad de menus, desde los famosos trancapechos, piquemachos, salchipapas, panchitos y todo lo que se pueda meter en una bolsita para comer parado, decidí comer algo que ni puedo recordar la última vez que probé, una hamburguesa callejera.
Hace un tiempo, estaba dentro de nuestro lenguaje el comerse una "muerte lenta"que no es más que esa deliciosa y sabrosa hamburguesa que unas señoras servían en nuestras calles, extremadamente baratas y de dudosa procedencia y salubridad, las hamburguesitas callejeras eran parte de la cultura de cada ciudad. Pero esto se perdió en los últimos años, la inclusión de las hamburguesas prefabricadas a nuestras calles, hizo que las "fridositas hagan desaparecer a las "hamburguesitas"de nuestro menú.


Así que en cuanto pude, no dudé 2 veces en pedirme una, a sólo 7 bolivianos (1$us.) la hamburguesa del puesto que escogí incluía carne, lechuga, tomate, queso, salsas y una porción de papas fritas. Sólo agregué un poco del "chimichurri" que tenían para no perder el sabor propio de la hamburguesa. Sabrosa y divertida, así la puedo definir, una hamburguesa criolla como la gente que viene preparándola de la misma manera hace años, sin recetas definidas ni procesos elaborados, simplemente con las medidas que sus manos han aprendido a lo largo del trabajo.

Sigo viva, asi que por lo visto no estaba tan mal preparada la comida. Ya la hepatitis tipo A por comer cosas en la calle me asustó por un buen tiempo, pero a la larga, o nos volvemos inmunes o caemos en el camino.